Y es que él era,
simplemente,
perfectamente imperfecto.
Porque no hay perfectos
cuando hablamos de nuestro
pequeño desastre.
Un todo o nada apostado en la
ruleta de ese bar al que
solíamos ir a tomarnos unas
copas de más.
Un sin fin de balas atravesando
mi pecho cada vez que se atrevía
a susurrarme al oído.
Y un profundo y temible silencio
cada vez que se marchaba.
Él,
era mi poesía,
era los versos que escribía
mientras me temblaban las manos
al pensar en como hablar sobre su sonrisa.
Él,
simplemente,
era...
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